Sí, lo que estáis leyendo.
Y lo sabéis.
No hay absolutamente NADA más cómodo que estar en casa, donde tienes todas las comodidades a tu gusto y todo al alcance de la mano.
Por lo menos yo.
Sentada en mi sillón puedo ver la puesta de sol, subir o bajar la persiana, poner música, ver una serie, jugar a Apalabrados, echarle flis a los mosquitos, bichear en Twitter, comprar un frigorífico, comerme una palmera de chocolate (o dos si son chicas), hacer la compra de la semana, pedir un plumón pa mi hijo por Amazon, ponerme al día con los amigos por WhatsApp, coser el agujero del pantalón, limpiar las gafas, atender llamadas...
Vamos, dime tú a mí en qué sitio puedes estar en camiseta sin sujetador y hacer todo eso sin moverte. Y fresquita.
Que sí, que viajar está muy bien, pero siempre que tengas una edad en la que no necesites hacer pis cada media hora, no te duela nada, te de igual la hora que sea y no notes los 40° a la sombra.
Hasta los 30, más o menos, eres capaz de hacer el camino de Santiago, ir a un concierto a otro país, visitar grandes capitales en dos días, subir al Everest, esquiar, hacer paddel surf, tirarte en paracaídas, incluso ir de fin de semana a una casa rural con los amigos, con lo que eso quema. Todo en el mismo mes.
Pero llega una edad en la que prefieres morir entre terribles sufrimientos antes que salir de casa y montarte en un coche para más de una hora, o subirte a un avión con todas las colas y controles que ello conlleva.
Menudo coñazo.
Y lo dice una que ha cogido mas aviones que resfriados, ojo. Pero eso era antes.
Ya no. Calla calla.
Vamos a ser sinceros.
Que sí, que estáis deseando salir de casa, pero eso se debe más bien a que no estáis en casa todo lo a gusto que deberíais estar.
A mí ya no me saca de casa más que Dios y con las patas por delante. Bueno, quien dice Dios dice los empleados de la funeraria, que pobres de ellos cuando tengan que bajarme por esas escaleras.
A lo que iba.
Planeas un viaje con toda la ilusión del mundo. Imaginas preciosas situaciones en esos lugares maravillosos que has visto mil veces ya en Google. Reservas todo lo reservable y lo preparas a tope de gama para que sea un viaje perfecto e inolvidable.
Quince días antes haciendo maletas, rompiéndote la cabeza a ver qué llevas y qué no, si hará frío o calor, si lloverá o no, preparando el neceser con todo de menos de 75ml. para que te lo dejen pasar (tremenda estupidez, pero bueno, una más).
Llega el día. Despertador a las 6 de la mañana. No pegas ojo no vaya a ser que no suene y pierdas el avión.
Te levantas hecho polvo, repasas mil veces todo antes de salir y aún así te vas con la sensación de haberte dejado encendido el horno y no haber metido en la maleta el bañador o el chubasquero. Y el pasaporte, que nunca sabes dónde lo metiste.
Nervios por llegar a tiempo al aeropuerto.
Llegas.
Nervios por pasar el control con la maleta de mano, el bolso, el móvil, la tablet y la chaqueta y que no pites porque aunque no lleves nada ilegal, o te cagas o pierdes el avión.
Pasas.
Nervios por encontrar la puerta de embarque sorteando tiendas carísimas que no entiendes que hacen ahí.
La encuentras.
Te sientas agotado a esperar que empiece el embarque. Abren el mostrador y todo el mundo de pié en cola una hora. Qué absurdo, si vas a entrar de todos modos. Siempre hay dos colas, y no sabes para qué es cada una
Entras en el avión a trompicones cargado como el árbol de Navidad de Terelu, y a esperar de pié a que todos los de delante metan sus pertenencias en un sitio en el que no caben y se sienten en un asiento en el que tampoco caben.
Por fin llegas a tu sitio y después de hacer lo mismo que has criticado a todos los de delante, te sientas. Puff. Todavía no ha empezado el viaje y ya estás deseando volver a casa y ponerte las zapatillas.
Media hora sentado rodeado de gente igual de hasta los cojones es que tú, deseando que despegue ya de una vez.
El personal de cabina se pone el flotador en el cuello y repite una vez más lo que hay que hacer si el avión se despresuriza y vas a morir. Nadie atiende. Luego todo son quejas y denuncias una vez estrellado, claro, pero nadie atiende.
Despega por fin, y siempre lo mismo. Saludo de comandante y sobrecargo por megafonía del siglo XVIII que es imposible que se entienda algo. Y después en inglés. Menos se entiende.
Y por fin, 4 horas después de salir de casa, despega el avión hacia ese lugar tan soñado.
Carritos con cocacolas minis a 8€ y mini botellas de vino que hay quien las pide de 2 en 2 a las 11 de la mañana. Después carritos con colonias y horrorosas pulseras Tous.
Entre unas cosas y otras dice el sobrecargo que faltan 20 minutos para aterrizar, la temperatura que hace en destino, que desea que hayas tenido un buen viaje y esperan verte de nuevo.
Aterriza. Todos de pie otra vez. Como si el que se quede sentado no fuese a salir.
Media hora esperando con un calor insoportable que vas ya oliendo a oso. Bueno, todos van ya oliendo a oso.
Sales del avión, te despides de la amable azafata de la puerta y andando al bus de la terminal. Otra vez todos de pié apelotonados en un mini bus cargando con todo.
Llegas al reparto de maletas y todo el mundo se queja de que la suya es la última en salir. Eso es imposible.
Por fin te diriges a la puerta de "Salidas" donde hay gente ahí contratada por Aena para que al abrirse te sientas una estrella de algo. Los señores con los cartelitos esos de "Mr. Robinson", "Medical Congress" o Familia Ortega.
Sales del aeropuerto 7 horas después de haber salido de casa, deseando fumarte un cigarro y llegar al hotel. Pero no, ahora toca la cola de los taxis, interminable.
Es tu turno, te subes y empiezas ya a disfrutar del paisaje, muerto de hambre y haciéndote el pis de 7 horas.
Llegas al hotel, que en las fotos parecía más grande y menos viejo.
Y ahora, a la cola del checking mientras revolotean a tu alrededor huéspedes veteranos y niños corriendo de un lado a otro.
No sabes cómo, pero son ya las 3 de la tarde, así que o corres o no comes.
Subes las maletas a la habitación, que en las fotos también parecía más grande y menos vieja, y bajas rápidamente al buffet.
Ya no queda casi nada, es tarde y ya han comido los 1.500 huéspedes, así que te apañas con dos trozos de tomate y dos croquetas recalentadas.
Pero nada, no importa, estás de vacaciones y ¡ya has llegado!
Te da la sensación de llevar 7 días fuera de casa, y te resulta extraño pensar que te despertaste en casa.
Subes, deshaces las maletas, te cambias de ropa ¿y ahora qué?
Pues si elegiste playa, a la playa; si elegiste turismo urbano, a patear la ciudad; y si elegiste entorno rural, a espantar moscas.
Y en lo único que piensas es en tu cabezadita en el sofá de casa y en tu aire acondicionado.
Un día, dos, tres... Al principio el tiempo pasa muy lento y medio consigues aclimatarte al lugar, porque te ha costado una pasta, estás de vacaciones y hay que disfrutar. Ya habéis ido a todas las actividades/playas/chiringuitos/parques acuáticos/museos/monumentos/mercadillos/granjas y ríos de alrededor.
A partir del Ecuador de las vacaciones los días pasan volados, y ya te ves pensando en las maletas, en la vuelta, y en las lavadoras que te esperan cuando llegues a casa.
Otra vez a madrugar para no perder el avión aunque salga a las 8 de la tarde, porque el último día no planeas nada, vayamos a perder el avión.
Colas, colas, colas y más colas.
Despegas, aterrizas, colas, pagas el parking cabreado por el sablazo pero contento porque es lo último que vas a pagar, y para casa.
Hogar, dulce hogar.
Ese momento de llegar, soltarlo todo y ponerte tus zapatillas/chanclas, es uno de los más satisfactorios que puede experimentar un ser humano.
A los tres días se te han olvidado las vacaciones excepto porque los cargos de tarjeta que van llegando se empeñan en recordártelas.
Si quieres descansar, quédate en casa.